Miércoles 01 de Octubre de 2008
I. En 1999, los vientos políticos venezolanos parecían empezar a soplar desde la izquierda. El discurso del nuevo gobierno giraba alrededor de lo social y asomaba propuestas que buscaban reparar las averías –pobreza, desigualdad, vulnerabilidad de la economía rentista, crisis del Estado, fragilidad institucional y paremos de contar– producidas en el último tramo de nuestra historia.
Diez años después cabe hacer, entonces, una auditoría para ver si ha ido cobrando forma una sociedad inspirada en las banderas históricas de la izquierda, actualizadas, claro, en función de los escollos y posibilidades del siglo XXI.
II. Diez años después, nuestra economía sigue siendo retratada, palabras más, palabras menos, por el mismo diagnóstico de hace, al menos, medio siglo.
Una economía capitalista, del tipo rentista, atada al mercado petrolero y vulnerable a sus caprichos además de supeditada, hoy en día como nunca, a las importaciones de toda clase a fin de atender un patrón de consumo exacerbado, champagne y Hummer incluidas. El desarrollo endógeno es, pues, una quimera y la denominada economía social, germen de las nuevas relaciones de producción, sólo representa 1% del PIB nacional, señal de que no hay a la vista, salvo en palabras imprecisas y confusas, un nuevo modelo económico.
III. Diez años después, la pobreza se ha reducido y los sectores más desfavorecidos han elevado su capacidad de consumo en cerca de 150% en los últimos tiempos, tienen mayor acceso al tratamiento médico y a la educación (aunque la calidad deje que desear), así como a algunos otros servicios, gracias, sobre todo, a políticas de corte asistencialista, cada vez menos efectivas, por cierto, que ni siquiera rozan las estructuras sociales y cuya suerte cuelga de un alfiler, el de los altos precios petroleros.
Cabe destacar, así mismo, que según el INE la mala distribución de la riqueza no ha mejorado desde el año 1999, mientras se ha formado, al amparo del Gobierno, un estamento de nuevos ricos, que, a decir de algunos, constituye la derecha endógena de la revolución.
IV. Diez años después, continúa pendiente la tarea de transformar el Estado. No obstante su reivindicación ideológica y política frente a las tesis neoliberales que endiosaban el mercado, el Estado actual pareciera una versión desmejorada del de antes en cuanto a corrupción, ineficiencia, obesidad y clientelismo, mientras Aló, Presidente se ha convertido en la casi única evidencia que tenemos de nuestra institucionalidad pública. Sin embargo, el Gobierno interviene cada vez más (incluso ha tomado el control directo de empresas importantes), asumiendo –en formato fundamentalista– que el Estado es siempre el mejor guardián de los intereses de la gente y de la nación.
VI. Diez años después, no parece, entonces, que vayamos bien por donde vamos. El cambio del país ha sido más dicho que hecho y, dadas las expectativas que se generaron en 1999 y los recursos de que se dispuso para satisfacerlas, ésta parece, miradas las cosas desde la izquierda, una década perdida. La revolución bolivariana ha sido, sobre todo, oral –el término, aclaro, no tiene, intención peyorativa–, aunque el dinero petrolero permita un cierto grado de disimulo.
