La sociedad rumiante por Antonio López Ortega

 El Nacional     

Martes 16 de Septiembre de 2008

Si juntáramos en un solo ejercicio de lectura los periódicos regionales, uno tras otro, se nos asomaría un país distinto al que diariamente imaginamos desde la capital. En general, lo que se percibe es un estado de zozobra permanente, en el que el común denominador es el reclamo diario por las obras o las ofertas incumplidas. Vecinos cierran una calle por falta de agua, maestros desfilan en contra de nuevas regulaciones en el pénsum, transportistas bloquean autopistas porque les han asesinado a un colega, residentes encaran a funcionarios porque no le han cumplido con un plan de viviendas. En algunos casos extremos, uno que otro alcalde ha debido encerrarse en su propio despacho, incapaz de darle la cara a la poblada. Es finalmente el país cotidiano, carente, que ha votado consecuentemente por resoluciones públicas que no llegan; es finalmente el país doméstico, que aspira a necesidades básicas como salud, seguridad y educación para sus hijos. Pero de este país concreto, anhelante, nos alejamos para construir retóricas decimonónicas como seguridad de Estado o soberanía alimentaria.

El discurso hueco nos come la existencia, mientras en el plano de las realidades cotidianas vivimos bajo el acoso de la falta de respuestas. Nada más revelador para ponderar verdaderos cambios sustanciales que las recientes cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadísticas : si en 1997, 40% de la población (segmento más pobre) concentraba 12,3% del ingreso nacional, mientras 20% (segmento más alto), 53,6%; 10 años más tarde 40% más pobre concentra 15,9% del ingreso mientras el 20% más rico, 49,7%. En síntesis, la desigualdad social prácticamente no ha variado, y esto en cifras del propio Gobierno.

Si pensáramos en otras geografías, estas crudas realidades darían para tormentos mayores. Y, sin embargo, la sociedad venezolana mantiene sus reclamos en un tono de relativa cordura, sin que la paz y la convivencia se vean comprometidas; una herencia histórica que, según Manuel Caballero, ha sido la verdadera conquista del siglo XX. Cabe preguntarse si la espera por un país mejor será infinita, si la paciencia será perdurable, si algún asomo que no vislumbramos nos llevará por otros atajos. A lo que habría que responder que el imperio de la paz, que no de la violencia, sabrá escoger sus derroteros y llevarnos a buen puerto. El abismo sideral que hoy sentimos entre prácticas gubernamentales y realidades sociales puede crecer solamente hasta un punto: aquél que enfrente a la sociedad a situaciones de conflicto que de por sí desecha porque no pertenecen ni a nuestros fueros históricos ni a nuestras realidades culturales.

Se me antoja una imagen poderosa para describir a la sociedad de hoy y es la de una sociedad rumiante, que mastica los hechos de la cotidianidad con calma, digiriéndolos de a poco, devolviendo los bolos alimenticios a sus diferentes estómagos y desechando aquello que no le interesa o no la alimenta. Es un ejercicio paciente, que mira el acontecer con la distancia necesaria, que no se precipita en acciones irreflexivas y que espera nuevas señales de futuro. Esta sociedad rumiante reafirma su credo democrático y arrastra los mínimos aprendizajes republicanos que hemos heredado desde que supimos que los regímenes voluntariosos van en vía contraria a la libertad y a la convivencia.

Una sociedad rumiante, que mira a los toros desde la barrera, que espera por verdaderas respuestas, que añora más el crecimiento que el conflicto, más la felicidad que el sufrimiento.

alopezo@cantv.net

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