Mario Vargas Llosa recibirá en diciembre el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Pero antes viene a la capital venezolana a supervisar el montaje de una de sus obras de teatro, Al pie del Támesis, lo que aprovechó Diego Arroyo Gil para sostener una entrevista con el escritor peruano que publica el diario El Nacional en la que que se abordan "asuntos vigentes para América Latina: el renacimiento de las izquierdas, la infección del caudillismo, los peligros que afronta la cultura; en fin, aquello que tiende su cuerda floja para que camine la democracia".

Domingo 10 de Agosto de 2008

El escritor peruano Mario Vargas Llosa visitará Caracas

"El líder democrático no apela a los bajos instintos"

El autor de Conversación en la catedral y Al pie del Támesis asegura que toda sociedad necesita una izquierda responsable que cultive el diálogo, aunque sea polémico, y acepte la crítica
DIEGO ARROYO GIL

Los perros continúan rondando la ciudad. Nada nuevo. Tal es el riesgo que corre la democracia: hay quienes la ven y le ladran. Hasta se diría que les produce rabia. Casi medio siglo después de la publicación de aquella novela que Mario Vargas Llosa tituló La ciudad y los perros, las metáforas que su solo nombre suscita no dejan de ser actuales.

Religioso candidato al Premio Nobel de Literatura, además de novelista, Vargas Llosa es cuentista, ensayista y dramaturgo. Con todo, así será el mundo de moderno y así estará de revuelto que para muchos es, ante todo, un articulista de prensa. Esto no es poco decir si se toma en cuenta que sus reflexiones –se esté o no de acuerdo con ellas– suelen convencer al lector de que, en efecto, son las de un hombre que está acostumbrado a leer y a pensar antes de hablar.

Su paso por Caracas la semana próxima ha sido motivo para conversar con él sobre asuntos vigentes para América Latina: el renacimiento de las izquierdas, la infección del caudillismo, los peligros que afronta la cultura; en fin, aquello que tiende su cuerda floja para que camine la democracia.

–¿A qué se debe que para tantos latinoamericanos siga siendo atractiva la figura del hombre providencial?

–A una tradición caudillista y autoritaria que por desgracia está muy enraizada en nuestros países, y que es uno de los grandes obstáculos que tenemos para funcionar como democracias modernas, como sociedades liberales. En general la tradición del político redentor está muy arraigada en el mundo del subdesarrollo y, a veces, hasta en países desarrollados.

–¿Habría un menosprecio inconfesado hacia el hombre civil?
–De alguna manera la tradición caudillista representa una abdicación: que venga un hombre providencial, un ser superior, casi divino, a resolver nuestros problemas, nos exonera de actuar, de imaginar soluciones y trabajar por ellas.

Básicamente es esa actitud de liberarse de la responsabilidad la que está detrás del caudillismo de los pueblos, independientemente de que el caudillo sea de centro, de derecha o de izquierda. La democracia está en contradicción radical con esto, pues parte del supuesto de que los problemas no los resuelven los caudillos sino los pueblos, a través de consensos, del trabajo conjunto y de acuerdos que vayan estableciendo un denominador común dentro de la gran diversidad que representa una sociedad. Lo interesante es ver cómo las sociedades que han optado por la práctica democrática han prosperado más, han creado las formas de vida más decentes, las menos inhumanas.

–Hay un rasgo común en esos hombres providenciales y es que suelen actuar como payasos. ¿Sucede en toda América Latina?

–Sí. El caudillo siempre ha sido así, con algunas pocas excepciones. Ha habido caudillos lúgubres, como Franco en España, o el doctor Francia en Paraguay, pero en general son exuberantes e histriónicos.

–¿Qué peligros entraña una actitud de connivencia ante la aparente bobería ajena?

–La existencia misma del caudillo es un signo de subdesarrollo. En países donde la democracia tiene un alto nivel de fortaleza los dirigentes políticos están sometidos a un control y trabajan con equipos, de tal manera que el caudillo no llega nunca a aparecer. Esto no significa que en una democracia no se necesiten auténticos líderes que tengan poder de convicción y de sugestión.

No hay que confundir lo que es un líder genuino y democrático con un caudillo. El líder democrático no apela a los bajos instintos de la sociedad, sino a la razón y al conocimiento. Ésa es la frontera entre un auténtico dirigente, que puede ser carismático, y un caudillo.

–Actualmente hay como un avivamiento de las propuestas políticas de izquierda en América Latina. ¿Se trata de un fenómeno pasajero?

–Creo que hay que distinguir. Hay gente de izquierda en América Latina que está actuando con mucha responsabilidad, que no está reñida con la democracia. Pienso, por ejemplo, en los socialistas chilenos y en el laborismo brasileño, e incluso en el Gobierno uruguayo, que parecía que iba a ser de extrema izquierda y no lo es, que está actuando dentro de la legalidad democrática. Hay una izquierda responsable en América Latina y hay otra irresponsable. Creo que esta distinción es importante porque para que una democracia funcione tiene que haber una izquierda responsable. La izquierda irresponsable no cree en la democracia sino en los sueños de opio de la revolución, del centralismo y del estatismo, a pesar de que la historia muestra que eso sólo conduce al abismo, a la pobreza, a la corrupción y a los campos de concentración.

Sin embargo, mi impresión es que esto está en retirada. En la mayoría de las sociedades de América Latina la democracia está funcionando y lo que retrocede es el caudillismo demagógico, la versión comunista de la izquierda. Donde el peligro se presenta siempre hay una movilización de gente que resiste con convicción y coraje ese riesgo.

–¿Cuál es la crítica principal que le hace al presidente Chávez?
–Que creo que la democracia venezolana, por desgracia, se ha deteriorado mucho con la política que él pone en marcha. Me parece que es una democracia mucho más imperfecta de lo que era cuando él tomó el poder. Desde luego que lo tomó porque hubo un sector del país que lo apoyó, y hay un sector que todavía lo apoya, pero pienso que sus políticas van erosionando poco a poco la democracia, y cuando la democracia se empobrece el país se va al abismo. Con esto último no hay excepciones. Es una ley histórica que sólo los ciegos no pueden ver.

–Como hombre que trabaja con la palabra, ¿nota usted alguna diferencia entre ser polémico y cultivar una retórica de guerra?
–A veces uno defiende posiciones que no son aceptadas con facilidad y eso genera polémica. Esto no es malo. Mientras la polémica sea racional y se mueva en el mundo de las ideas es provechosa. Muchas veces permite el esclarecimiento de la verdad. El lenguaje de la guerra es muy distinto, porque no busca la comunicación y el diálogo sino la pulverización del adversario, lo cual es incompatible con la vida democrática, en la que lo fundamental es la diversidad.

–¿Cree que la cultura puede brindar algún apoyo ante las crisis?
–Depende. Hay una cultura revolucionaria, de la intolerancia, del odio, que está enraizada en el dogmatismo, que cree en verdades absolutas y que irremediablemente genera violencia porque lo que persigue es la eliminación de todas las contradicciones. Esta cultura rechaza la crítica porque la ve como subversión, conspiración y sabotaje. De ella surge el lenguaje de la guerra, que una democracia debería exiliar. Pero hay otra cultura que sí brinda apoyo, y es la de la tolerancia, de la diversidad y del diálogo, que no por polémico deja de ser provechoso.