La mala educación

 Por María Teresa Arbeláez

Cada día que pasa los venezolanos nos estamos volviendo más y más maleducados. Quizás sea una conducta aprendida de tanto ver programas de televisión, con interlocutores cuya actitud debería ser digna de imitar, pero por el contrario dejarían patitieso a Angel Rosemblat mismo si estuviera aún entre nosotros.

Ilustración tomada del blog Agitar antes de usar

O a lo mejor estamos tan acogotados con la vorágine de la capital que no nos importan los demás. Hablamos de solidaridad y hasta ayudamos en obras caritativas, pero en cualquier sitio público nos llevamos por delante a quien sea, sin pedir permiso y mucho menos disculpas.

Y esta mala educación a la que me refiero no alude a la  educación que no se obtuvo cuando niño y menos aún cuando adulto. No, se trata de mala educación en el estricto sentido de la frase: educación deformada, maltratada, malentendida. Me refiero a gente que obtuvo "educación" en la escuela y en la casa, pero que nariz pa' arriba mediante atropella descaradamente a los que tiene a su lado.

Dos ejemplos que me han tocado muy de cerca.El supermercado. Sitio que de tanto exprimir a la gente como que saca las bajas pasiones. Los sábados generalmente están atiborrados, de manera que uno gasta no sólo dinero sino una gran cantidad de tiempo entre que escoge la compra y paga.

Pero siempre hay alguien más vivo que los clientes que van de pasillo en pasillo y de mostrador en mostrador comparando precios y metiendo los productos en el carro primero, para luego de casi una hora proceder a pagar en la caja. Son aquellos que apenas entran al local ponen su carrito vacío en la cola, de manera que avanza empujado por los que están atrás, mientras el vivaracho (o la vivaracha), va de pasillo en pasillo, cargando las cosas y trayéndolas al carro. Cuando el carrito llega a la caja hay que zanquear al "propietario" por el supermercado para que venga a pagar, mientras los de atrás se sienten como pendejos por dejar que la viveza se imponga.  

El segundo no tiene nombre, como diría mi mamá. Una amiga nos invitó a un concierto privado. Un cuarteto de cuerdas muy conocido tocaba a Mozart. Entre la sala y la terraza disponen sillas, apretujadas, para unas ochenta personas. Llegan más, la tentación es grande, parejas con hijos, amigas con mas amigas.Al lado de mi compañero se sienta una señora muy pizpireta, de rosa y dorado. Carga una enorme cartera, parecida a un bolso de mano para viajes, pero en cuero y seguramente con un logo muy costoso en uno de sus costados. Mientras la gente se acomoda, coloca la cartera en una silla. Se llena el improvisado auditorio, y la cartera continúa en la silla. Los espectadores se sientan en la escalera, y el bolso impávido en la silla, tan impávido como su dueña. Sacan las sillas del comedor, de la terraza, de los cuartos, los banquitos de la cocina, y la cartera de diseñador muy cómoda yace en la silla.

Termina el maravilloso concierto y en la terraza unas mesas con pasapalos esperan al público que, encantado aún, sale a refrescarse y a picar. Como por arte de magia, ahí en medio del mesón y casi encima de los quesos y los panes, estaba la enorme cartera, mientras su dueña, copa en mano y elegancia al vuelo, comentaba los pormenores del evento.

Me sentí tan desagradada con la pizpireta de rosado y su enorme bolso de diseñador, que lo único que deseaba en ese momento es que se derramara una de las cremas y le embadurnara por dentro y por fuera el tesoro que cuidaba por encima, ya no de la educación, sino de la solidaridad.

Por gente como ésta, que se creen más vivos que los demás, es que, no hay que cansarse de decirlo, estamos como estamos.   

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