Hoy quienes militamos -más que trabajamos- en El Diario de Caracas, aquel de 1979 que nació para romper esquemas periodísticos de la mano de varios argentinos asilados –con Rodolfo Terragno como director y Tomás Eloy Martínez como jefe de redacción- y un buen número de periodistas venezolanos, lloramos la muerte de quién fue en esa época un maestro, un compañero, un amigo, pero sobre todo un ícono.
A Tomás Eloy Martínez (1934-2010), los periodistas que estuvimos cerca de él varios años en Caracas lo admiramos profundamente. Los hombres por su maestría con la pluma, su sabiduría y su simpatía. Y las mujeres, además, por su belleza, su galantería, su picardía. Todas estábamos secretamente enamoradas de ese argentino que coqueteaba permanentemente con la vida.
Fotografía tomada de La Nación
De él dice hoy La Nación “Importante novelista, con una prolífica obra publicada que incluía también crónica, ensayos y relatos, Martínez fue autor de algunas de las más recordadas obras argentinas como La mano del amo (1991), La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), estas dos últimas, traducidas a más de 30 idiomas y publicadas en más de 60 países”.
“Tomás Eloy Martínez era columnista de La Nación, The New York Times y El País, de España. Hace tres años se había radicado nuevamente en la Argentina luego de vivir mucho tiempo en los Estados Unidos, donde fue profesor universitario.
En diciembre pasado, como si en su pelea contra la enfermedad tuviera reminiscencias de los personajes y países donde vivió, escribió acerca de otro personaje inolvidable para quienes vivimos la época de El Diario de Caracas, Luigi Scotto. De él escribió una bellísima anécdota titulada La navidad de Juanita.
Hoy La Nación titula Dolor por la muerte de Tomás Eloy Martínez, dolor que no solo se siente en Argentina, sino en el mundo entero, dolor que se expresa públicamente a través de todos los medios, incluyendo Twitter donde alguien dijo ayer al conocer la mala noticia: Tomás hubiese sido un excelente twittero, porque amaba escribir corto.
Además de los cientos de mensajes en menos de 140 carácteres y de las entrevistas que hoy hizo César Miguel Rondón con periodistas que conocieron de cerca al escritor, Facebook también fue escenario de las expresiones de tristeza.
Elizabeth Baralt, radicada fuera del país desde hace un tiempo escribió apenas: “Amigos, acabo de enterarme de la muerte de nuestro amado Tomás Eloy. Mi corazón solo alberga momentos felices, grandiosos e inolvidables junto a él. Lo primero que se me ocurrió fue compartir con ustedes las emociones que solo se pueden compartir con la familia cuando se va un ser tan querido”.
Edgar Larrazabal: “La verdad que me siento muy honrado de haber compartido una buena parte de mi vida con Tomás. Finalmente llegaste al “Lugar Común La Muerte”.
Toña Betancourt: TEM: La palabra precisa “El periodismo es, ante todo, un acto de servicio…Ser periodista significa ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, también ser otro”.
Enrique Rondón: Es duro, muy duro para un periodista escribir sobre la muerte de un amigo o un familiar. Tomás Eloy ha sido para mí un poco de los dos. Lo conocí en los años 80 cuando me entrevistó para decidir si entraría a El Diario de Caracas. Se asombró cuando le dije que quería cubrir sucesos. Me pareció ver en sus grandes ojos azules algo paternal cuando le dije que quería ser el Truman Capote latinoamericano. Entendió mi pretensión. Cada día, cada pauta, cada corrección era crecimiento personal y profesional.
Leer “El vuelo de la reina” fue un reencuentro con parte de esa primera redacción de El Diario, donde el debate y la autocrítica era lo normal y cotidiano.
“Purgatorio”, su última novela fue encontrar una vez más, la maestría para narrar de Tomás Eloy y su gran cultura. Algo envidiable. En esa novela el protagonista evoca a Venezuela: “El Oricao o en Osma me aventuraba por senderos salvajes con la cantante Soledad Bravo, que al atardecer, cuando el sol se hundía en el mar, soltaba al aire una voz enorme y dorada como las papayas (…) si dejé Venezuela no fue porque quise. Fue la casualidad”. (pag. 107).
Escribir la nota formal sobre la muerte de este amigo me produjo dolor de cabeza. Esta es para los panas, a quienes les puedo decir que lloré. Un abrazo a Tomás.
María Teresa Arbeláez: Tomás se lleva con él un pedacito de todos estos hoy tristes corazones. Pero nos quedan los recuerdos…y sus letras.

[...] Blog de María Teresa Arbeláez Febrero 1, 2010 [...]