Atención médica en tiempos de revolución

humor hospitales reducidoSoraya Villarreal estuvo ayer por un CDI y luego por una clínica privada. En ambos casos la emergencia de su amiga Zuleima solo sirvió de insumo para un relato que, como hubiese dicho un locutor de radio hace años, cuenta la vida misma y que concluye con lo que ya sabemos, pero aún así nos sorprende: “Vivimos en un país en el que no se sabe qué fuerza nos protege, en el que no sobrevive ni siquiera el que tenga un seguro médico con cobertura total, sino el que tenga suerte”.

Atención médica en tiempos de revolución

por Soraya Villerreal

Le pasó a mi amiga Zuleima, que trabaja en Biblioteca, y por esas cosas desconocidas (digo desconocidas porque hasta ahora no sabe el origen) sufre fuertes dolores de cabeza. El de miércoles 27 de octubre fue el peor que ella recuerde de su historial de cefaleas, porque estuvo acompañado de vómitos, escalofríos, retortijones, fotofobia y otros síntomas que difícilmente se pueden controlar.

Salimos de la USB y resolvimos irnos por los caminos verdes vía Los Teques, porque nos “tiraron el dato” de que la panamericana estaba trancada por un choque en el kilómetro 5. Así que tuvimos que sortear la cantidad de huecos, calles cerradas, camiones que van a 10 kph., entre otros obstáculos, además de tener que pararnos en medio de la carretera para que la pobre vomitara.
Iba pensando que sería mejor llevarla a un centro asistencial. Cualquiera que existiera en el camino sería de ayuda. Recordé que una vez le di la cola a una desconocida que me dijo que se iba a chequear en un CDI (Centro Diagnóstico Integral) en San Diego de Los Altos. Estacionamos frente a la plaza del pueblo y le pregunté a un hombre uniformado de verde (nunca he sabido de rangos ni posiciones de los militares, así que le dije “señor”). ¿Sabe dónde queda un centro de salud por aquí? ¿Algún lugar donde puedan atender a una persona enferma?

Me señaló hacia la esquina; “es en la casa amarilla, donde están los cubanos”.
Pensé que era una tabla de salvación, y aposté a que allí atenderían a Zuleima y que en un rato ya estaría tranquila. Pensé que sería bueno que por primera vez el gobierno tuviera razón y nos estuviera ofreciendo un servicio de salud digno a los venezolanos, y que nosotros, opositores a todo lo proveniente del régimen, estuviéramos equivocados.

Al entrar a la “casa amarilla”, preguntamos al primer ser humano que vimos en medio de aquella casa desierta y nos señaló con la trompita que la “doctora” estaba allí.
Se trataba de una señora elegante, caribeña por su forma de vestir: colores, adornos brillantes en la blusa que escasamente le cubrían la mitad del par de prótesis que exhibía como cualquier mujer atendida y satisfecha con el Dr. 90210.

Nos miramos todos, un poco escrutando quiénes éramos. Yo pensé “esta no es doctora, así como yo no soy astronauta ni reina de belleza, pero bueno”; Zuleima quería con urgencia un calmante y que le tomaran la tensión, pues ya estaba “sudando frío”, como describimos esa sensación tan extraña… La cubana pensaría, “quiénes son éstas”, el paciente sentado a la espera sólo nos miró.

Enseguida hice un paneo por el local: tres fotos del presidente abrazando carajitos y recordando lo “bonita” que es la revolución; una cartelera con fotos de Evo, del infaltable e inefable Che; del mismísimo Fidel, y otros personajes muy cercanos a este proceso. Enseguida recordé la canción “El Niágara en bicicleta” de J. L. Guerra, sólo que en este caso no sucedía que “el recepcionista escuchaba la lotería”, sino que paciente y “doctora” estaban embelesados viendo El Chavo.

Mi amiga contó los síntomas, explicó que es alérgica a casi todos los componentes de los analgésicos comerciales. La “doctora” determinó que era una “cefalea migrañosa” y le preguntó qué tomaba en esos casos; Zuleima le respondió que sólo acetaminofen, porque no toleraba el resto de medicamentos. La mujer quedó con cara de buscar una respuesta en el interior de sus recuerdos, en aquella clase de la carrera de medicina en Cuba donde explicaron qué hacer en un evento como ese, pero a la que ella no asistió, a juzgar por su cara. El primer personaje que habíamos visto en la casa se acercó y nos dijo que allí sólo había medicamentos cubanos, y que no había ninguno equivalente al Atamel; que lo único que podía hacer era un récipe para que compráramos… Atamel.
Pues bien, esa parada sólo sirvió para que Zuleima volviera a vomitar y para que le dijeran que estaba bien de la tensión.

Seguimos el camino, con la consabida cola. Las pastillas de Atamel que Zuleima se había tomado, las devolvió unas cuadras más adelante. Decidimos ir al Centro Médico Los Altos, un centro privado, con todo muy bien dispuesto (estacionamiento, cafetín, vigilancia, recepcionistas), pero sin camas disponibles en emergencia. Por más de media hora esperamos para ser atendidas en la emergencia, claro, ya antes nos habían pedido el carnet del seguro, el número de la póliza, la cédula y todas las credenciales que indican que hay un respaldo. Pero además, le dijeron que debía tener por lo menos 1.600 bolívares en efectivo para pagar la emergencia.

Después de la espera Zuleima se acostó en una cama, contó nuevamente sus síntomas a otra “doctora” y la dejaron allí. 40 minutos después nadie sabía que harían con ella; diez minutos más y decidimos preguntar; respuesta: “tiene que esperar porque el problema es que ella es alérgica”, es decir, una vez más “ese es su peo”. Así que después de mucho preguntar, indagar, mirar, espiar, me di cuenta de que en efecto había una enfermera preparando una cajita con las medicinas que le inyectarían a la mujer.
A las 11:30 de la noche la dieron de alta; la cuenta: 2 mil bolívares de los fuertes…

Resultado: Seguimos teniendo razón. Vivimos en un país en el que no se sabe qué fuerza nos protege, en el que no sobrevive ni siquiera el que tenga un seguro médico con cobertura total, sino el que tenga suerte.

Entre el sistema paralelo de salud creado por la revolución bolivariana, llámese Barrio Adentro I, II, III, CDI, Puestos de auxilio, módulo, etc., etc., y el sistema de clínicas privadas; lo mejor es que quien crea en Dios, rece la oración más poderosa que se sepa, y el que no, que apele a la misericordia del primero que le pueda tender una mano. Profesión y juramento hipocrático valen cero en tiempos de crisis hospitalaria y predilección por los “centavitos”…

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