Por María Teresa Arbeláez

¿Qué tienen en común el film La Vida de Otros, el sistema cubano y la recién aprobada Ley de Inteligencia y Contrainteligencia en Venezuela?. El sapeo dice el populacho. Es decir, dice todo aquel que no está de acuerdo con la revolución bolivariana. Los tres tienen como común denominador un contingente de informantes, civiles y militares, cuya tarea es la “defensa” de la nación ante enemigos internos y externos. Sin ordenes legales de por medio y apresando culpables hasta que demuestren inocencia. De eso se trata el articulo que puede leer a continuación.

La gráfica es tomada del blog de la cubana Yoani Sánchez , Generación Y

Juzgue usted mismo: Texto de la Ley de Inteligencia aquí 

Cuando el año pasado ví la película La Vida de Otros, salí del cine con un gusto amargo en la boca y una gran desesperanza en el pecho. El guión mostraba algunos hilos que, con miedo, me hicieron intuir que en Venezuela pronto pudieramos encajar en la trama de la pelicula, reservistas y guardias territoriales de por medio. Pero además me hizo recordar, con mas tristeza aún, un episodio que en su momento consideré tonto e intrascendente, pero que con el tiempo empecé a valorar en su justa medida.

 Fue en Cuba cuando apenas yo comenzaba a creer que la revolución cubana no era el mejor sistema del mundo. Visitaba a una pareja a la que llevaba un paquete desde Venezuela. Ella maestra, él chofer de güagüa. Vivían en un apartamento pequeño en un bloque tipo los de Pinto Salinas. Arreglado, limpio, triste. Conversabamos de cosas ligeras, como soslayando las preguntas dificiles. Preguntaban sobe la vida de sus familiares auto-desterrados en Caracas. Preguntaban en voz baja. Y yo contestaba en el tono natural de una conversa. Preguntaban en voz más baja aun y yo me veía obligada a bajar el tono. De repente caí en cuenta que estabamos susurrando, me costaba seguir el hilo de la conversación. Así que, entre osada y apenada, me atreví a preguntar ¿por qué estamos susurrando si estamos solos en la casa?. “Porque aquí en Cuba hasta las paredes oyen…y dicen…” me dijo la maestra, así calladito y con cara de verguenza.

En La Vida de Otros, que se desarrolla en 1984, la Stasi, la policía política de la República Democrática Alemana, el lado comunista, mantiene 100.000 agentes y 300.000 informantes que vigilan cada día la vida de sus compatriotas. En Cuba uno no sabe cuántos son, pero sí quién son: los miembros de los comités, los de la Revolución, el vecino, el papá, su hijo, su compañero de trabajo, la maestra, la peluquera, el del abasto. Ojos y oidos prestos a defender denunciando.

 Esta semana volví a recordar la película alemana y la anecdota cubana. Como que ya llegó el momento que intuí el año pasado, me atormento pensando.

“La nueva Ley del Sistema de Inteligencia y Contrainteligencia, oficializada a mediados de esta semana por el gobierno del presidente Hugo Chávez, establece duras sanciones a la divulgación de información sensible para la seguridad del Estado y crea un sistema doble de inteligencia y contrainteligencia, un modelo que según analistas es calcado del sistema cubano”, anuncia la prensa nacional.

Y se explaya en detalles: le ley, ya en gaceta, o sea vigente, promueve la formación de un sistema de informantes en todo el país, civiles y militares y otorga amplio poder discrecional a funcionarios de inteligencia para detener a potenciales enemigos del gobierno sin una orden judicial.

La ley también otorga un amplio poder discrecional al gobierno no sólo para invadir la privacidad de los ciudadanos, grabar conversaciones telefónicas, filmar movimientos y fotografiar actividades o personas sospechosas de operar contra la seguridad nacional, sino que puede “anticipar” delitos y detener a los responsables que atenten contra la estabilidad y la soberanía del país.

La alarma ha cundido entre buena parte de los venezolanos. Constitucionalistas, abogados, defensores de los derechos humanos, especialistas en el tema y hasta repesentantes de la Iglesia han llenado esta semana las páginas y los minutos de los medios de comunicación privados analizando las implicaciones de la nueva Ley y solicitando su derogación, mientras desde el mismísimo Presidente Chávez hasta los más variados representantes de su gobierno han denunciado que los medios de comunicación privados tratando de confudir al pueblo, desde luego, cumpliendo ordenes del imperialismo mismo.

La Ley del Sapeo, como la han denominado, posiblemente tenga más aterrorizados a los propios chavistas que al componente heterogéneo de la oposición acostumbrado como está a ser acusado de golpista, imperialista y antinacionalista en la última década. Quizás por eso, después de aprobada y mil veces criticada, el presidente Chávez manda a que la revisen "para reformarla si es necesario". 

Mientras tanto no deja de preocupar que sea el policia comunal, o la presidenta del condominio, los que determinen la flagrancia del delito de pensar y decir, los que juzguen a los amigos que me visitan o los que miren, por prevención, la correspondencia que recibimos. Cito como muestra de lo que nos puede venir, a Yoani Sánchez, la bloguera cubana que acaba de ser galardonada con el Premio Ortega y Gasset 2008 , un texto de su blog Generación Y que ha recibido casi cinco mil comentarios:

Denuncia-alegato-confesión

 Me advierten que sobre la mesa de alguna oficina descansa “mi caso”. Un expediente lleno de pruebas de infracciones cometidas, un abultado dossier de ilegalidades que he acumulado en estos años. Los vecinos me insinúan que me disfrace con gafas de sol y que desconecte el teléfono cuando quiera hablar algo privado. Poco, muy poco –me aclaran- puede hacerse ya para que no toquen a mi puerta una mañana bien temprano.

En espera de eso, quiero señalar que no guardo armas bajo la cama. Sin embargo, he cometido un delito sistemático y execrable: me he creído libre. Tampoco tengo un plan concreto para cambiar las cosas, pero en mí la queja ha sustituido al triunfalismo y eso es –definitivamente- punible. Jamás pude darle una bofetada a nadie, no obstante me negué a aceptar el sistemático manotazo a mi “yo cívico”. Esto último es condenable en grado sumo. Encima de eso, y a pesar de no haber hurtado nada ajeno, he querido “robar” –en repetidas ocasiones- lo que creía me pertenecía: una isla, sus sueños, sus legados.

Mas no se confíen; no soy del todo inocente. Llevo en mi haber un montón de fechorías: he comprado sistemáticamente en mercado negro, he comentado en voz baja –y en términos críticos- sobre quienes nos gobiernan, he puesto apodos a los políticos y comulgado ante el pesimismo. Para colmo, he cometido la abominable infracción de creer en un futuro sin “ellos” y en una versión de la historia diferente a la que me enseñaron. Repetí las consignas sin convicción, lavé los trapos sucios a la vista de todos y –magna transgresión- he unido frases y juntado palabras sin permiso.