En su columna Mutatis Mutandi de los viernes en Tal Cual, el periodista Alonso Moleiro desenmascara, en siete puntos de análisis, las grandes mentiras -mediáticas- que el gobierno levanta en torno a la oposición, y que no son más que el espejo de su propia armanzón. “Los insultos del presidente, sus intervenciones más soeces y polémicas, sus anécdotas más picantes, tienen lugar en horario infantil. La ley debería entrar por casa. Nadie da explicaciones”, dice entre otras cosas. No se pierdan el artículo completo a continuación.
MUTATIS MUTANDI
Pamplinas silvestres sobre el terrorismo mediático
ALONSO MOLEIRO
1) El CNP actúa como un partido político. El CNP es una organización gremial, con clara vocación pública, comprometida con la defensa de la Constitución. Mucha risa da escuchar ese argumento de algunos fablistantes que hoy militan en el PSUV.
2) Globovisión no informa, enferma. Es necesario rescatar la ética de los periodistas. Con los errores inventariados, Globovisión denuncia. Escruta, fiscaliza, hace hipótesis. No está buscando condecoraciones en Miraflores: hace su trabajo. Al respecto, cualquier juicio de valor dependerá del cristal con que se mire: si a algunos les enferma Globovisión, a otros Mario Silva y las cadenas presidenciales. Decide quién tome el control remoto.
3) En Venezuela hay un latifundio mediático. Hay que democratizar el espacio radioléctrico. Muy pobre la metáfora. “Latifundio” es, en términos agrarios, un espacio ocioso e inculto, regentado por una sola persona, propietaria de un espacio gigantesco en el cual son explotadas otras. Eso no ocurre en la radio: 300 emisoras radiales sobre doscientas y tantas familias hablan de una estructura de propiedad bastante distribuida. El oficialismo tiene una cantidad apreciable de emisoras y canales que simpatizan con sus postulados y reciben sus subsidios.
4) Hay que acabar con la impunidad de los medios privados que piensan que están por encima de la ley. No dejemos de pensar en esto: el presidente Hugo Chávez, y VTV al remolque, son los dos actores políticos que más han violado la ley resorte. Con bastante impunidad, por cierto. Los insultos del presidente, sus intervenciones más soeces y polémicas, sus anécdotas más picantes, tienen lugar en horario infantil. La ley debería entrar por casa. Nadie da explicaciones.
5) Hay que acabar con el terrorismo mediático. ¿Se le ocurrió a alguien hablar de “terrorismo mediático” cuando estaban de moda las denuncias de José Vicente Rangel? ¿No eran “los Papeles de Mandinga” del hoy becado Alberto Nolia una forma de terrorismo mediático? Mientras el programa La Hojilla siga al aire cualquier disquisición sobre el tema será profundamente hipócrita y deshonesta.
6) Los medios privados le inyectan odio a la población. Algunos medios privados son estrafalarios y amarillistas, es cierto. No es un problema nuevo: ya existían en la cuarta república, y le hicieron mucho bien al chavismo cuando estaba en la oposición. ¿Nadie recuerda la columna “Por ahora” en El Nuevo País? Existirán mientras existan humanos en sociedades abiertas con una moral pública en la cual se prefiera pecar por exceso que por defecto. En ninguno de ellos se han atrevido a hacer insinuaciones sobre las conductas sexuales del clero, por citar un ejemplo, como sí ha sucedido en los canales del Estado.
7) Los periodistas que trabajan para los medios privados tienen un bozal de arepas y son instrumentos de los dueños de los medios. Los periodistas tienen con estos medios una relación laboral. No comparten por ello todos los intereses de las empresas donde trabajan. Ahí trabajaron antes muchos colegas que simpatizan con el oficialismo a los cuales hoy les gusta posar de superpatriotas. Todos los recordamos. Todavía más: lo harán, de nuevo, en el futuro. Nadie aquí ha nacido en 1999.
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