Miércoles 13 de Mayo de 2009
D e la ciencia nacional nos vienen muchas noticias por estos días, muy distintas, todas importantes. Por dedicarme a seis de ellas dejo a un lado, entonces, algunos temas que me tenía reservados, como posibles, para escribir este artículo: la compra-venta de huesos humanos, robados del cementerio General del Sur (el lado horrible de la economía de mercado), el cierre del Ateneo (una decisión a la que cuesta encontrarle un buen motivo) o el caso de una empresa vendedora de ropa íntima para damas que a la vez importa carne (diversificación de la cartera de negocios, creo que lo llaman los expertos).
I.
El pasado 4 de mayo falleció Werner Jaffé, biólogo venezolano nacido hace más de noventa años en Frankfurt, autor de una obra científica amplia y útil, desarrollada a lo largo de medio siglo de afanes, y persona vinculada muy de cerca a todas las cosas importantes que rodearon durante su vida la investigación venezolana, razones todas que hacen inexplicable, por cierto, el silencio de las autoridades gubernamentales ante su desaparición.
II.
A principios de la semana pasada, la Fundación Polar anunció, por decimacuarta vez, a quienes resultaron ganadores del prestigioso premio Lorenzo Mendoza Fleury. Con la excepción de Juan de Sanctis, un médico del Instituto de Inmunología de la UCV, el galardón tuvo en esta ocasión rostro (y perfume) de mujer: Stefanía Marcantognini, Mireya Rincón, Flor Pujol y Anna Katherina Vivas. Doble mérito el de ellas, pienso, visto que el machismo es un muerto que todavía goza de buena salud entre nosotros, y sabe hacer de las suyas, incluso en el ámbito de la ciencia.
III.
A mediados del mes de abril, fue destituido de su cargo, sin siquiera contar con el atenuante de la vaselina, el científico Jaime Requena, quien se desempeñaba en el IDEA. La Asovac pidió, con razón, que la decisión fuera tomada según ordena el debido proceso, no vaya a ser que alguien crea que Requena, un muy claro opositor de la política científica y tecnológica del actual gobierno (a veces con buenos argumentos, otras no tanto, me parece), fue castigado por el delito de opinión.
IV.
Desde su púlpito dominical el presidente Chávez comparó a un grupo de científicos del IVIC con Ciro Peraloca, un antiguo personaje de las historietas cómicas, empeñado siempre en inventar cosas extrañas, y convertido hoy en día en caricatura obsoleta. Al oírlo decir estas cosas, y otras parecidas, el Presidente deja la impresión de que cree que investigar es cosa de soplar y hacer botellas, que ignora el significado de la ciencia básica (un término, por cierto, que las realidades de la sociedad del conocimiento han ido desvaneciendo) y que no sabe, tampoco, de lo intrincado y lento que es el proceso mediante el cual las investigaciones llegan a dar resultados aplicables. No se entiende, por tanto, ese apriétales las tuercas, Jesse, que le ordenó al ministro Chacón.
V.
Preocupa en el medio académico un reciente decreto mediante el cual se considera suntuario el Estado anda ahora en plan de ahorro el uso de Internet, así como la inversión en la plataforma tecnológica requerida, lo que desdice de la importancia que se le concede en la Constitución Nacional, por no hablar de otras leyes y planes aprobados por el Gobierno. De ponerse en vigencia (aún no lo está) la norma entorpecería en gran medida las actividades de investigación, amén de afectar la administración de la salud y de la educación y trabar el funcionamiento del propio sector público.
VI.
En el Fonacit se viene examinando, desde hace algún tiem- po, el reglamento que norma la participación financiera del sector productivo en las actividades de ciencia, tecnología e innovación. Tres años después de aprobado, luce sabia esa decisión y necesario, así pues, que se haga un inventario de lo bueno, pero también lo malo y lo feo que ha traído consigo su aplicación, tratando de no arriesgar la naturaleza de un instrumento de gran relevancia para el futuro de nuestro desarrollo tecnocientífico.
Digo lo que digo porque Mr. Murphy, el hombre de las cientos de leyes, debe tener escrito en algún lado que siempre hay oportunidad de empeorar las mejores cosas.
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