Caracas es roja, rojita, rojísima. Setenta homicidios nada más este fin de semana. Trescientos muertos entre el 18 de abril y el 19 de mayo –según reporta el impreso El Universal en su primera página de hoy- así lo confirman.
Caracas está roja, rojita, rojísima de sangre.
Una persona asesinada cada hora entre viernes y lunes. Ni en la guerra más cruenta se contabilizan tanto asesinatos, y mucho menos en menores de edad. Cinco niños fue la baja esta vez.
Caricatura tomada de explikme.com
"Le imploro a mi jefe Chávez que acabe con la inseguridad", fue el grito de Elizabeth Rubio, empleada de Miraflores, cuyo hijo menor, también trabajador en el Palacio Presidencial, cayó a manos de atracadores. "Yo siempre veía esas cosas por la televisión y pensaba que eso nunca me iba a pasar a mí. Hay muchas madres que cada día padecen los rigores de la delincuencia. ¿Por qué la policía no mata a los malandros? La gente teme más a los policías", dijo la adolorida madre mientras declaraba al diario El Universal.
Mientras tanto los caraqueños saben que el cacareado plan de seguridad anunciado recientemente por el Ministerio de Interior y Justicia ha quedado en veremos. Los primeros días, el propio ministro Ramón Rodríguez Chacín daba cuenta de los avances. Cifras que no concordaban con las obtenidas -como dice el diario El Mundo, “a punta de contar con las uñas”- por los periodistas. Porque una de las primeras medidas gubernamentales para atacar la delincuencia, fue prohibir que en la Morgue de Bello Monte se dieran las cifras de fallecidos a manos del hampa los fines de semana que complementaba la tomada hace años cuando cerraron la Oficina de Prensa del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalistica . O sea, destruyeron el sofá, como dicen.
Lo peor del asunto es que, como dice la señora Rubio, la gente le teme a la policía. De hecho, en medio de su dolor, la denuncia es gravísima: a su hijo moribundo los policías le robaron lo que tenía encima.
¿Y qué dicen las autoridades? Respuestas insólitas, como la del comisario Marcos Chávez cuando declaro la semana pasada a propósito del asesinato de uno de sus funcionarios para asaltarlo cuando llevaba, en persona y en su carro, las cifras de muertos de fin de semana: el funcionario fue imprudente. El no tenía que salir, mucho menos con su vehículo, para eso existe el correo electrónico, declaro Chávez, el comisario.
Es decir, si extrapolamos la idea que expresa el jefe del CICP, nadie puede salir, es más, nadie debería dormir en su cama, pues hasta allí llega el plomo, como le ocurrió a la pequeña de seis años que ayer murió en Caño Amarillo víctima de una bala perdida.
Y mientras los caraqueños morimos en cambote, el máximo jefe policial, Rodríguez Chacín, está tan ocupado con el problema de las computadoras colombianas y sus contactos con la guerrilla, que no tiene tiempo para diseñar y poner en práctica un sistema de seguridad que le garantice a los venezolanos por lo menos llegar con vida hasta noviembre para votar por gobernadores y alcaldes. Al ritmo de muerte que vamos no quedará nadie para elegir y, mucho menos, para ser elegido. ¿Será cuchillo para su garganta?
Para la memoria
"Le imploro a mi jefe Chávez que acabe con la inseguridad"
GUSTAVO RODRÍGUEZ
EL UNIVERSAL
La señora Elizabeth Rubio no paró de llorar en la morgue de Bello Monte mientras esperaba que le entregaran el cadáver de su menor hijo, quien fue asesinado por delincuentes para despojarlo de su automóvil."Qué dolor siento y, para colmo, los policías metropolitanos en lugar de socorrerlo lo dejaron morir y lo desvalijaron. Le robaron todo", dijo la señora Rubio, quien afirmó que labora en la Guardia de Honor en el palacio de Miraflores.
"Él era un muchacho sano. Con esfuerzo había comprado su carro y lo tirotearon para robarlo. Estaba casado y dejó una niña huérfana de tres años", explicó la mujer quien se encontraba acompañada de otros familiares y parientes. Contó que a las tres de la madrugada del sábado su hijo, Oskel Rubio, de 22 años, fue atacado a tiros cuando tripulaba su auto, un Ford, modelo Fiesta de color negro, en momentos en que transitaba por la calle Colombia de Catia.
El joven, quien estaba acompañado de otro amigo, recibió varias heridas y colisionó contra un objeto fijo a pocos metros del hospital Periférico de Catia. "Me lo dejaron morir porque creían que era un malandro que andaba en un carro robado. A mi hijo no le permitieron que los médicos lo ayudaran. Lo tuvieron mucho tiempo así, pero en realidad lo que hicieron fue robarle su cadena de oro, un reloj, su teléfono celular y hasta el reproductor de su carrito. ¿Por qué no matan a los malandros?", dijo Elizabeth Rubio.
El joven Oskel Rubio laborada en Miraflores como mecánico de motocicletas de la caravana presidencial. Residía en el sector Los Frailes de Catia, junto a su esposa e hija. "Yo siempre veía esas cosas por la televisión y pensaba que eso nunca me iba a pasar a mí. Ahora con todo el dolor que siento le imploro a mi jefe Chávez que acabe de una vez con tanta inseguridad. Hay muchas madres que cada día padecen los rigores de la delincuencia. ¿Por qué la policía no mata a los malandros? La gente teme más a los policías", apuntó.
Los parientes del joven mecánico utilizaron sus influencias para que agilizaran la entrega del cuerpo. Sin embargo, fue el día lunes cuando lograron obtener el permiso para que se lo entregaran. Oskel estaba de número 58 en la lista de 70 que fueron asesinados durante el fin de semana en el Distrito Capital. Desde la mañana del viernes hasta el amanecer del sábado se registraron 24 homicidios; desde las seis de la mañana del sábado hasta las seis de la mañana del domingo se computaron 24 crímenes y desde las seis de la mañana del domingo hasta el amanecer de ayer lunes se produjeron otros 22 homicidios.
"Mi hijo tenía un futuro promisorio. Hacía dos meses se había comprado su carrito, le iban a dar su apartamento y yo le había dado para que se inscribiera en la Universidad Santa María, para que estudiara la carrera de Derecho, pero la delincuencia acabó con todo. Pido justicia. Cuántos inocentes mueren todos los días así", señaló la señora Rubio.Los compañeros de trabajo y numerosos amigos acudieron a la morgue para ofrecer sus condolencias a los familiares. Todos se mostraron consternados. Los parientes se enteraron de lo ocurrido porque una mujer que visitaba a un enfermo se percató de lo ocurrido al observar el carnet que portaba en el pecho el joven mecánico. Intentó interceder, pero fue echada del centro asistencial.
"Me lo dejaron morir y eso es el colmo. No es posible que la policía haga eso", dijo Mailyn García, esposa del agraviado.
Ultimados cinco menores en Caracas en menos de 24 horas
GUSTAVO RODRÍGUEZ
LAURA DÁVILA TRUELO
EL UNIVERSAL
Una niña de seis años murió tras ser alcanzada por un proyectil cuando se encontraba acostada en el interior de una residencia ubicada en el sector Caño Amarillo.
Los parientes de la criatura dijeron que sólo escucharon una explosión y luego se percataron que la niña sangraba. Con la premura del caso la infante fue trasladada al hospital de Lídice donde falleció. Era la única hija de Luisa María Quijada, empleada del Instituto Postal Telegráfico (Ipostel).
El hecho ocurrió a las 8:30 de la mañana del pasado domingo. Los familiares de la niña dijeron que la madre había pernoctado en esa casa junto a su hija, pues la noche anterior había asistido a una reunión.
Funcionarios de la Subdelegación Oeste de la policía científica manejan diversas hipótesis en relación al caso. Presumen que podría tratarse de una muerte generada por "una bala perdida" aunque no descartan que haya sido impericia debido a la manipulación de algún arma de fuego. Por ello el propietario de la vivienda fue detenido preventivamente para someterlo a interrogatorios.
Los funcionarios del Cicpc realizaron una inspección ocular en la residencia en busca de evidencias que les permitan conocer la posición del tirador con respecto a la víctima.
También durante el fin de semana se registraron otro cuatro homicidios de menores de edad en sectores de Petare. A las 9:00 pm del viernes fueron asesinados dos infantes de 11 y 13 años en la calle Paramaconi del barrio El Carpintero.
Los menores fueron acribillados cuando transitaban por el referido callejón. Sus parientes los trasladaron al hospital Domingo Luciani de El Llanito, pero falleció antes de ser ingresados. Las víctimas acompañaban a otras niñas que residen en la zona aunque ellos habitan en el sector El Puente del mismo barrio. Ambos laboraban como ayudantes en diferentes oficios, pues habían desertado del sistema escolar.
Al día siguiente, la noche del sábado, y en ese mismo sector fue asesinado un menor de once años de edad. El niño viajaba en la parte posterior de un jeep que cubre las rutas troncales de Petare. Estaba acompañado de unos primos quienes transportaban las cornetas de una miniteca.
Su padre Domingo Mejías dijo que el infante estudiaba quinto grado y que acostumbraba a subir a su jeep una vez que escuchaba que el motor era encendido. Al parecer bandas rivales dirimían a tiros sus diferencias cuando el vehículo transitaba por el sector El Puente. Los familiares del niño temen que los criminales puedan tomar represalias en su contra.
También en Petare, pero esta vez en el barrio La Dolorita, fue ultimado un menor de 16 años de edad. Sus familiares informaron que laboraba como ayudante de herrería.
Al parecer el menor se encontraba en una barbería del barrio y al salir fue sorprendido por el tiroteo que protagonizaban las bandas de la zona. La víctima fue alcanzada por varios disparos.
Los pequeños fallecidos forman parte también de la cifra roja de fin de semana en la capital:
70 personas asesinadas
/ El Mundo / Lunes / Caracas , 19 de Mayo de 2008
ROCÍO CAZAL
rcazal@cadena-capriles.com
Caracas. Bajo el argumento de la desestabilización el Ejecutivo ha silenciado a quienes habitualmente daban a conocer cuántos venezolanos morían por culpa de la violencia. Y es que para este gobierno, las cifras de muertos que se publican en los medios son exageraciones que forman parte de un plan para tumbar a Chávez.
"Cuarenta y seis muertes diarias representan 322 muertes semanales y habría que revisar esa cifra…
Nosotros, ni en los momentos más difíciles, hemos llegado a 200 muertos. Hay sus picos y sus excepciones: el 11 de abril (2002) y el 27 y el 28 de febrero (1989). Y me remonto al año 89 porque no hay referencia de ese número de muertos". Así lo señaló públicamente Pedro Carreño, entonces ministro de Interior y Justicia, el 11 de junio de 2007, alegando que algunos medios y un grupo de la oposición quería desestabilizar con el tema de la inseguridad.
Más allá de pasar a ser "un tema político", la labor de los reporteros ha sido develar los números rojos para alertar a la ciudadanía en materia de resguardo, así como al gobierno de turno para que se tomen medidas de prevención al respecto. Sin embargo, cada año se ha vuelto difícil asumir este rol, debido a que los fines de semana deben convertirse en estadistas sin contar con una vocería oficial que confirme los casos.
CONTAR CON LAS UÑAS
El pasado 7 de abril, el coordinador de sucesos de Últimas Noticias, Wilmer Poleo, hizo una especie de reflexión en su columna: resaltó que la semana anterior ese matutino, al igual que El Nacional, publicó 53 homicidios, aunque El Universal dio cuenta de 42 víctimas.
Sin embargo, El ministro de Interior y Justicia, Ramón Rodríguez Chacín, informó que tan sólo ocurrieron 38 muertes violentas para esa ocasión. "Quiero pensar que no estamos inventando muertos con fines inconfesables, pero que tampoco los estamos escondiendo", dijo Poleo.
Recordó, además, que la posible disparidad en la cifra podría corresponder al comentario que habría hecho el ex viceministro de Seguridad Ciudadana, Francisco Belisario Landis, de no incluir los ajustes de cuentas, enfrentamientos con la autoridad, ni las balaceras entre bandas. "Así cualquiera baja la cifra", comentó.
Pero esta política continuó implementándose, incluso con el comisario Marcos Chávez a la cabeza del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), cuando en una oportunidad señaló que los reporteros no sabían interpretar los muertos bajo la misma excusa, según cuentan los propios periodistas.
Esto no ha amilanado las ganas de trabajar de estos profesionales que, con menos o más experiencia en el área, saben de los 40 años que estuvo funcionando la Oficina de Prensa del Cicpc en Parque Carabobo, donde se reunían a buscar los casos para salir corriendo al lugar de los hechos a abundar sobre el tema y luego regresar a contar, a través de las minutas o del libro de novedades, las víctimas del fin de semana.
Esto fue cambiando con el tiempo. Las fuentes se cerraban o, por lo menos, en instancias superiores, a pesar de que el 23 de julio de 2002 se reinauguró dicha Oficina de Prensa con el nombre de Jorge Tortoza, en honor al fotoperiodista caído el 11 de abril de ese año en la avenida Baralt. El tributo duró poco: apenas cinco meses y 19 días. Y es que el 11 de enero de 2003 se clausuró y se cambió la cerradura de la puerta del lugar, luego que se acercara el coronel de la Guardia Nacional, Manuel Carpio, para denunciar la importación de armas "para apoyar la Revolución", según señaló para aquella oportunidad Víctor Escalona, reportero de El Mundo. Según pudieron conocer quienes hacen diarismo, el cierre de la sala se debió a órdenes del propio Marcos Chávez, para "evitar que se convirtiera en una Plaza Altamira más", donde para ese entonces estaban literalmente sublevados varios militares. La Sala de Prensa se mudó a la central detectivesca, en la avenida Urdaneta, pero el acceso a los números rojos no fue el mismo.
Por eso, desde hace no pocos años la ruta de estos periodistas es casi siempre la misma: de "la matica" -árbol que queda frente al Cicpc de Parque Carabobo- se reúnen para contactar a las fuentes. La Morgue de Bello Monte es el segundo destino. Allí los relatos de los familiares permiten ubicar otros hechos de sangre y moviliza a estos reporteros hasta los sitios donde están las víctimas de la violencia.
Las entradas y salidas de las furgonetas -las que sirven- también son primordiales a la hora de contar muertos. También una que otra fuente ayuda a dilucidar o, por lo menos, aproximar una cifra.
Lo cierto es que, precisos o no, contar con las uñas ha venido siendo el pan de cada fin de semana para estos periodistas que, aunque no están tras una trinchera, bien podría llamárseles "reporteros de guerra".
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