A través de su acostumbrada columna El Tejado Roto, de los sábados en El Nacional, el periodista Ramón Hernández hace un paralelismo entre las desafortunadas declaraciones presidenciales en torno a los investigadores del Ivic y lo que la extinta Unión soviética aplicó a los científicos. “¿Sobrevivirá la revolución alimentándose con las lechugas orinopónicas que sembraron en Parque Central? Remato hortalizas rojas-rojitas” termina su artículo que pueden leer a continuación.
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Summa cum barbarus
Ramón Hernández
La ignorancia no deja de sorprender. Un bruto asusta más que una tanqueta de la Guardia Nacional. Es mucho peor el daño que puede infligirse a sí mismo y también a los demás. El poder sirve para todo, pero no para ocultar el desdén por el conocimiento.
Permite obtener una radiografía completa y detallada de quien lo detenta, que es muy distinto a ejercerlo.
Que desde el centro del único poder, el jefe de la camarilla dictatorialista conmine a la comunidad científica a abandonar los laboratorios y a incorporarse al “laboratorio social” que son los barrios, porque ahí supone que reside “la auténtica ciencia”, no es sólo la admisión de poseer la capacidad de un dinosaurio para entender el mundo, sino su propensión a querer decretar hasta las leyes de la naturaleza. Ni Stalin tuvo tanta osadía ni tanto desaprendizaje juntos, y eso que creyó a pies juntillas todas las barbaridades de Trofim D. Lysenko.
Ya hemos dicho que a partir de 1948, la ciencia soviética fue sometida a la purga que tenía el marxismo como excusa y que hasta la teoría de la relatividad fue condenada, porque “contradecía” el concepto de universo infinito de Marx. Los verdaderos científicos fueron enviados a campos de concentración, a manicomios y a Siberia; sus puestos fueron ocupados por chiflados e impostores. Chacón est.
La biología cayó en manos de Lysenko, que desarrolló una descabellada teoría de la herencia: la vernalización. Aseguraba que podía obtener un pino de un grano de trigo, o la planta que quisiera de la semilla que tuviera a mano.
Juraba que podía producir tomates en el ártico. El Kremlin, sin que germinaran las matas de Lysenko, declaró burguesa, vaya insulto, la genética convencional y clausuró los laboratorios que la estudiaban.
Sus seguidores fueron obligados a humillantes autocríticas y recibieron una pistola con una bala en su calabozo. Los comisarios cubanos aconsejan ahora lo que Lysenko hizo en su momento. Sin nada que mostrar como adelanto científico o como contribución al marxismo, como no sea la repetición de los disparatados manualitos de la Academia de Ciencias de la URSS, han decretado la supresión de la parte pensante de la sociedad venezolana, por la vía del cheque o de la exclusión, “que se vayan los escuálidos”. ¿Sobrevivirá la revolución alimentándose con las lechugas orinopónicas que sembraron en Parque Central? Remato hortalizas rojas-rojitas.
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