Esta semana hemos visto con asombro los niveles de violencia que se han desatado en el país. Comenzando por el discurso del presidente, quien llamó al ministro de la Defensa, al ministro del Interior y al Jefe de la Policía a echarle gas del bueno y poner presos a los estudiantes. Esa orden ha desatado la agresión, no solo por parte de los cuerpos policiales, sino, más grave aun, por grupos radicalizados del chavismo, quienes, con armas y explosivos del gobierno, han atacado a nivel nacional tanto a las manifestaciones estudiantiles como objetivos “políticos” tales como las sedes del FCU en diversas universidades, la Nunciatura y la sede de la Alcaldía Mayor, entre otros.
Foto tomada de El Nacional
Los estudiantes, que protestan en contra de la reelección indefinida, y porque mas de 300 mil jóvenes se quedarán sin derecho a votar en las próximas elecciones, son tratados como delincuentes comunes, maniatados, golpeados, agredidos, despojados de sus pertenencias y de su libertad, mientras que los “rebeldes” de La Piedrita y otros grupos violentos son puestos en libertad sin siquiera abrirles un expediente. Vemos la fuerza desproporcionada de la policía organizada frente a las entradas de las principales universidades del país, con tanques, escudos y armamento de guerra, para defenderse de los muchachos, esos mismos que el presidente acusó de estar “contra la patria”.
Casualmente fui testigo de una de esas manifestaciones. Vi a los estudiantes correr, las bombas lacrimógenas caer, vi a los motorizados de La Piedrita soltar sus niples en un establecimiento comercial, vi las decenas de policías armados esperando la marcha como si fuera una invasión del imperio mismo en los predios del Centro Comercial Chacaíto. Yo no salía de mi asombro.
Mas allá del miedo que me produjo el ver esa ballena, esas bombas, esos gritos, me sentí indignada con la desproporción de la fuerza oficial contra la estudiantil. Como este gobierno es capaz de movilizar los recursos de todos para enfrentar una marcha, mientras cientos de venezolanos siguen siendo victimas del hampa desatada. Como en la Asamblea Nacional fueron capaces de guardar un minuto de silencio por los palestinos muertos y aquí seguimos peligrosamente en una escalada de violencia donde no se vislumbra un cese al fuego.
La violencia no puede ser la forma de gobernar un país, en ninguna parte del mundo. No podemos quedarnos de brazos cruzados, como sociedad civil, mientras unos pocos tratan de incendiar al país y crear un clima de violencia, conveniente para algunos en estos tiempos preelectorales. Este país también es nuestro, de los que queremos la paz y el progreso, de los que creemos en los derechos de los ciudadanos por igual. Podemos ponerle límites a los violentos. Salgamos a votar y decirles que NO.
Caracas, 22 de enero de 2009